martes, 24 de junio de 2014

La última mirada

Ella era tan frágil.
Sencilla, bella y encantadora.
Con esa mirada que solo inspiraba a pecar, la belleza que obsesionaba terriblemente a cada hombre que se enganchaba en ella.
Ella, la vecina, la que vivía cerca mío, con su vestido rojo, desfilaba por los ambientes más complejos, ignorando cada persona que le observaba con atención, ella buscaba el sol, el camino, sin importar los obstáculos.
Y como una más de sus presas, ahí estaba yo. Decaído por ella, despechado por su sonrisa, envidiando algún día poder tenerla en mis labios.
Encantado por su belleza, decidí perseguirla hasta el fin de mis tiempos. Buscaba cada instante el camino que recorría, y en ocasiones sólo deseaba tomarle su mano y llevarla conmigo. Pero esta pequeña inocente, haciendo un fingido acto de ternura, me soltaba y me dejaba en el camino más vacío, el camino más lejano a que ella recorriera.
Y yo de nuevo de necio, alzaba mi vuelo, y me disponía a perseguirle una vez más.
Cada noche pintaba mis sueños con ellas, desvelándome entre el oleo y el lienzo, pintaba su cuerpo desnudo, de la manera en que lo imaginaba, de la manera en que alguna vez lo vi espiando por su ventana cuando se duchaba. De vez en cuando encendía un cigarrillo que calmaba la espera para observarla de nuevo.
Mis escritos y mis pinturas se mezclaban con mis sentimientos oscuros, confusos, enredados, obsesivos , sólo la deseaba para mí, tener su cuerpo entre mis manos como alguna vez sostuve el lápiz y el pincel que lo describía.
Desesperado por tener su atención, esperé hasta el día en que estuviese completamente sola, me dispuse a guardar mis pinceles, mis pinturas y mi arma en el bolso. La visitaría.
Ella nunca había sabido de mí, cruzamos miradas varias veces, soltaba mi mano con el ceño fruncido, pero su alegre camino distraía cualquier otro contacto que podíamos tener.
Así que, me dispuse a esperar un momento de distracción para poder entrar a su casa, y poder compartir un pequeño rato con ella.
Mientras se bañaba para salir, dejó la puerta de su casa abierta (tontería total) y pude acceder.
Me senté en un sofá, intentando controlar mis nervios, dispuesto a hacer lo que sea.
Esperé con ansias su salida, cuando la vi, estaba totalmente desnuda, el cuerpo que imaginaba en mis pinturas se quedaban tontos con la belleza real. Pálida, con un cuerpo exquisito, despertó un sentimiento desesperado que jamás pensé que existiría. Sólo deseaba rozarlo con el mío, tenerlo, enredarlo entre mis manos.
Me vio con susto, y tomó una toalla.
-¿Qué hace usted aquí?- preguntó con miedo.
Me dispuse a sacar un cigarrillo, que calmaría mis ansias, pero el objetivo falló, sólo aumentó mis ganas de tenerla en mis manos.
¿Pero, para qué forzarla?
Tomé el arma de manera imprevista, sin que ella la viera, fui caminando lentamente, y la tomé del cuello.
Comenzó a gritar, y mis nervios aumentaron, no quería que la hiciera mía, así que la obligaría, viva o muerta.
Y la segunda opción sonaba deliciosa, enfermiza, así que apreté el gatillo sin más, y cayendo lentamente (lo que parecía algo sin fin) Pude tocarla y recibir su última mirada.
Su cuerpo ya muerto me inspiró a una nueva pintura, más realista, más fría, porque estaría acoplada a su cuerpo real, y fría relacionando el estado del cadáver. Y así fue, como me quedé con ella hasta el fin de mis días, pintando su cuerpo, haciéndola mía.

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